El jueves retorné de mis vacaciones en Camboriu, al sur de Brasil. Extraño los lujos de la comida del hotel, las tiendas y la belleza de los paisajes. Pero para nada extraño el calor húmedo que hacia las 24 hrs del día. Era insoportable, ni el metro de Santiago alcanza la sofocación que se sentía el caminar (incluso sólo usando traje de baño) por las calles y la playa.
La playa frente al hotel era una de las mejores que visitamos. De partida, como estamos al otro lado del continente, el Océano Atlántico ofrece unas aguas “tibias” muy refrescantes (en realidad el agua es helada, pero agradable, no como en el litoral central que cuesta un mundo armarse de valor para ir a romper olas). Y por supuesto, no habían apuestas de sol en las tardes sobre el mar, habían amaneceres (pero no vi ninguno). Así que cuando llegábamos en la tarde para instalarnos en la playa, la arena estaba toda tapada por la sobra de los edificios. En toda la orilla de la playa habían quioscos que vendían rica caipirinha, al lado un local de churros y otro de choclos cocidos (mis favoritos).
El segundo día tuvimos una visita freak. fuimos a conocer la ciudad de Bleumenau. Una ciudad fundada por un alemán, algo así como un Puerto Varas mucho más pro. Supongo que era como estar en Alemania con unos 42ºC y vegetación brasileña. Todo el tour fue sobre los alemanes (¿No estábamos en Brasil?). La ciudad era famosa por sus empresas textiles (obviamente, adquirí una polera). De regreso el calor me dio jaqueca. El dolor fue tan fuerte que resistí a bajarme del bus para ver la última tienda de bikinis de regreso a Camboriu.
Como es una ciudad netamente turística, Camboriu está llena de chilenos, y en un pequeño porcentaje de argentinos. ¡Los brasileños están escondidos! En las tardes salíamos a pasear, y aprovechábamos de comprar (obvio, vacaciones en mi familia significa COMER y COMPRAR cosas). Me llamó la atención la gran cantidad de personas que salían a pasear perritos toys. Como tengo un Yorkshire soy como un radar para encontrar alguno cuando salgo a la calle. ¡Y allá había por montones! Era el paraíso de los Roccos!!!! En la mañana, igual que en las teleseries brasileñas, muchas personas salían a trotar por la costanera y por la orilla de la playa.
También fue el desfile del cuerpo humano. Mucho colales y zunguistas (y yo que me avergonzaba de que mi bikini me quedaba muy pequeño atrás). Como estaba lleno de chilenos, la mayoría de los zunguistas eran viejos con panza cervecera de la zona. O argentinos pasados de los 40. El zuguista del que me enamore perdidamente se hospedaba en el mismo hotel que yo. Tenía unos kilitos de más, ojos azules y rubio (además, era argentino). Lo malo es que nunca estaba sólo, porque como tenía 3 años, andaba siempre con su mamá. También me encontré nuevamente con el viejito Pascuero. Una vez lo vi tomando sol en Cancún, y ahora lo vi bailando axe y haciendo capoeira.
El mundo es un pañuelo, de partida, porque me encontré con mi didacta de física (con todo el sabol cubano del profe Roli) en el aeropuerto cuando estábamos embarcando con mi familia, y después en un barco rumbo a Porto Belo me encuentro con una ex compañera de colegio (la Valita) bailando axe.
Ese mismo día que me encontré con la Valita y que fue el viaje a la isla, el clima mejoro un montón. Cayó una lluvia tropical sobre nosotros, con relámpagos (aunque escasos) y truenos. Nos tuvimos que refugiar un rato, y después bañarnos con lluvia en la playa. Aunque estábamos todos mojados, la temperatura logró descender a unos 26 ºC. El resto de los días de vacaciones estuvo nublado y con precipitaciones ocasionales, lo cual se agradeció.
E. Villanueva